jueves, 10 de abril de 2014

“La Alegría de ser de Jesús”

“La Alegría de ser de Jesús”

         
Señor Jesús, hoy estoy aquí, a unos meses de terminar esta etapa de formación en el seminario. Han sido 10 años donde tú has ido modelando este corazón, a veces o muchas veces yo no me he dejado, me he desviado, he buscado otras cosas o alternativas, he sido como Juan y su hermano buscando poder y no el servicio; pero… también he ido encontrando la alegría del evangelio, he descubierto la enorme invitación que me haces de compartir la Alegría de ser tuyo.
         Cuando una persona se encuentra contigo, un horizonte nuevo se abre delante de ella, es como cuando la luz aparece en medio de la oscuridad y nos damos cuenta que hay más camino que andar, hay nuevas formas y maneras de vivir, das un nuevo sentido, nueva esperanza, das ilusión y pasión por vivir. ¡No hay mayor alegría que recibir esa luz!
         He ido percibiendo Jesús, como hay personas que viven o vivimos nuestras vidas de forma oscura, sin sentido, deprimidas, encerradas en sí mismas y sus problemas; he descubierto la alegría de abrir esas ventanas del egoísmo, porque cuando uno se da la alegría no se acaba sino que se multiplica.
         Pasa algo extraño con esto del amor. Nosotros pensamos como el mundo nos invita a pensar. El mundo nos dice que si compartimos lo que tenemos nos quedaremos con menos, nos invita a poseer, a tener más, a  acumular, nos invita a no dar, y si damos esperar una recompensa para no perder lo dado. Así no es contigo y con el amor, tiene una lógica completamente distinta, nueva, extraordinaria… el amor cuando se comparte no se acaba sino que aumenta, es la lógica de la multiplicación de los panes, la lógica de la vida, la vida no se acaba sino que se regenera, se transforma.
         Señor Jesús, yo deseo desde tu corazón imprimir esta alegría a los jóvenes, a aquellos que se sienten perdidos, a aquellos que se sienten solos y abandonados, abrirles desde tu corazón, una nueva esperanza, que se den cuenta que su vida tiene sentido, y que vale la pena vivirse. Que no se dejen engañar por las redes del mal, de la depresión, de las drogas, de la vana ilusión, que descubran la verdadera alegría que se encuentra en ti, que descubran que tú eres la verdadera felicidad.
         Jesús, veo también familias enteras, matrimonios que han pasado a un estado de “soportarse”, percibo infelicidad en ellos, como si hubiera un completo desconocimiento, como si lo que un día encontraron se hubiera perdido. Señor Jesús, también a ellos, a ellos quiero dedicar mi vida. Que renueven lo maravilloso que es amarse y ser amados. Que descubran en este amor, la nueva forma de ser felices, que dejen de buscarse así y se encuentren, se reencuentren.
         Recuerdo Jesús, cómo tú me llamaste, y precisamente fue esa experiencia donde tú me sacaste del sepulcro del sinsentido, de la vida aburrida, y sin expresión de entrega. Tomaste mi vida, me sacaste del sepulcro, y me enviaste a amar. Descubrí que en la compañía, en la amistad, en el darse, en el servicio estaba la felicidad, compartir con jóvenes su alegrías y tristezas, después encontrar en la gente con discapacidad una nueva forma de comunicarnos y darnos, darme cuenta que hay personas que viven diferentes condiciones y a todos ellos estoy llamado a darme. Después me invitaste a comunidades rurales, pobres, donde experimenté la alegría de servirte en ellos, la sencillez de vida, me di cuenta que para ser feliz se necesitan tan pocas cosas, he sido testigo de tu gran amor para tu Pueblo.
         Hoy a unos meses de terminar, siento un gran deseo de ser en ti, todo para todos. Gastarme y desgastarme por tu Pueblo, por tus jóvenes, por tus matrimonios, por los pobres, por los discapacitados, por los profesionistas, POR TUS POBRES,  en otras palabras: Dar vida en Cristo a todo ser humano.
         He empezado a experimentar esto de ser totalmente para ti, en el Pueblo… y me encanta. No sé, no sé lo que me espera, no sé con quién estaré, a donde me mandarás, cuantos triunfos pueda tener, cuantos fracasos. Con cuantos problemas me enfrentaré, cuantas dificultades, con qué sacerdotes viviré, con qué personas estaré, no sé si son lo que yo pienso o no, no sé dónde viviré, donde moriré, no sé si seguiré estudiando, si daré clases o no, no sé, no sé nada de lo que ha de venir, pero lo que sí sé es que Tú me enviarás a donde Tú quieras, sé que yo te seguiré a donde quiera que vayas, sé que yo estaré a tu lado, más bien que tú estarás a mi lado.
         Solo te pido, que me envíes tu Santo Espíritu, que enciendas en mí el fuego de tu amor y la Pasión por el ser humano. Que mi pasión seas tú y tu Pueblo. Que nunca dejes de buscarme y de enamorarme, nunca me dejes solo, porque sin ti, nada, nada tiene sentido.

Aquí estoy Señor, para darte gloria; y como la gloria es el hombre viviente. Aquí estoy Señor para dar vida a toda persona para darte gloria a ti.

Te Amo

Heridas

Heridas
“No quisiera que mis traumas lastimaran a mis hijos”

         Me cuentan en mi casa que cuando estaba en kínder, en los primeros años, era un niño muy agresivo, tanto así que salí expulsado del primer kínder porque mordí al hijo de la directora. Ya en el segundo kínder, me cuentan que estuvieron a punto de expulsarme también, porque golpeaba a los niños… Dice mi mamá que platicaron conmigo, les prometo que no recuerdo lo que me dijeron, pero a partir de entonces algo cambió, ya no era yo el que golpeaba a los niños, sino que ahora veían a los niños golpearme a mí, y yo no hacer nada por defenderme. Cuento esto como un recuerdo de mis primeros años de vida, o más bien, como un recuerdo de mis padres.
         Esos fueron golpes físicos, pero… cuantas heridas en el corazón no podemos haber tenido desde pequeños. Cuantas lastimaduras por parte de nuestros padres, de nuestros amigos de la escuela, de nuestros parientes.
         Resulta que esas heridas, que muchas veces no queremos ver, terminan poniéndonos un caparazón, una armadura para evitar más dolor. 
         Una vez (hablando eso de morder) recuerdo, siendo yo niño, que estaba jugando con un perro, y el perro bien mansito, yo le daba cachetadas y no me hacía nada, le jalaba la cola y tampoco, hasta que se me ocurrió morderle la cola, y terminó mordiéndome a mí también.  Sí, sí, lo reconozco, era algo inquieto y juguetón.  Pero resulta que el perro era bueno, pero terminó atacándome y lastimándome porque estaba herido, yo lo herí.
         Me doy cuenta que las personas que son más agresivas, son en el fondo las más lastimadas. También aquellas que tienen miedo a hablar, aquellas que no expresan, en fin… tenemos muchas heridas en nuestro corazón.
         Lo chistoso es que nosotros fuimos heridos y lastimados por personas que también están heridas. Podría decirse que todos estamos heridos, y nos lastimamos unos a otros porque no hemos sabido sanar ese dolor que tenemos en el corazón.
         El encontrarme con Jesús me ayudó a sanar mucho de lo que había en mi interior, y hasta hoy lo sigue haciendo. Jesús me sigue sanando, porque sigo herido como todos lo estamos. A mí, lo que me hace pensar es en las heridas que mis agresores (tanto de niño como ahora) tienen, me hace tenerles compasión y pedir por ellos; me hace pensar en todo el sufrimiento que puede haber tenido.
         Yo por mi lado, quiero pedirle a Dios que me ayude a sanar estas heridas para no lastimar a nadie más. Fui llamado a sanar y consolar, a amar y cuidar, a dar vida; por eso, le pido a Jesús, el Buen Samaritano, que venga a sanar las heridas que me impiden amar como Él nos amó, que sane lo que tenga que sanar para poder servir con sinceridad de corazón.
         Lo interesante y padrísimo es que Jesús llama a personas heridas a sanar, por eso alguna persona se aventuró decir que el sacerdote es “un sanador herido”. Es precisamente, esta condición, que nos ayuda a entender el dolor de los demás.
Nuestra Iglesia, como dice el Papa Francisco, es un gran Hospital. Aquí venimos a ser curados, a ser sanados. Nadie nos escapamos de esta realidad, y mientras lo aceptemos, más fácil será que Dios toque nuestras llagas y las cure con su amor.
        

         Dios los bendiga

martes, 25 de febrero de 2014

TEMPESTAD DEL ALMA

TEMPESTAD DEL ALMA
            Recuerdo cuando era un poco más chavo, que fui a un retiro donde nos intentaban explicar lo que era el pecado. Utilizaban como una esfera de vidrio donde había en el centro una vela que era la que iluminaba todo; nos hacían ver que esa esfera era nuestra alma limpia que irradiaba mucha luz, una luz que no provenía de nosotros mismos sino de Dios. Después, empezaban a manchar con negro alrededor de la esfera y esa luz poco a poco iba desapareciendo. Nos hacían ver que el pecado oscurecía la luz que existía en el interior, y no permitía que la luz que estaba en el centro alumbrara todo lo que había alrededor.
            Con el tiempo esa imagen la he ido comprendiendo más, lo he experimentado en carne propia. Yo estoy muy feliz con lo que soy y quiero ser, he descubierto en este llamado el camino de mi felicidad, y es precisamente haciendo  feliz a los demás. Hay en el interior de mi corazón una voz que me llama a dar vida en Cristo. He descubierto que mi vida tiene sentido, y lo encuentro cuando los demás lo encuentran, cuando comparto la Palabra, cuando los demás son iluminados por esa luz que el mismo Dios ha puesto en mi corazón.
            De hecho, un día antes de que me ordenaran diacono experimente ese llamado de Dios: ser una bendición para los demás. He descubierto que mi vida y la de todos encuentra su lugar al darse, cuando no se cierra a uno mismo sino que comparte todo lo que es. Es como si fuera una bomba que esta lista a estallar; nuestra persona está llamada a estallar, a explotar todas las potencialidades que tenemos, todo lo que somos está llamado a desarrollarse para que los demás sean beneficiados por ello. En otras palabras, me he sentido plenamente feliz cuando me entrego con todo lo que soy a los demás, cuando puedo poner todas mis capacidades al servicio de los que lo necesitan.
            Pero sucede, en este camino, que hay momentos en que empiezo a pensar en mí, y en mis cosas. Empiezo a desear cosas para mí, momentos para mí, placeres para mí, busco beneficios personales, etc… todo justificado con la idea que yo necesito mi espacio. Y sin darme cuenta, mi corazón se va oscureciendo con el egoísmo que todo esto lleva en sí. Y viene por ese afán de desear para mí ese momento en el que ese deseo ardiente por amar, por entregarme a los demás, esa luz aparentemente desaparece.
            Llega un momento de tempestad donde lo que antes era lucido, todo era claro se vuelve confuso. Parece que el ideal que tenía desapareciera, parece que todo lo que deseaba ya no existiera. Y es que la experiencia del pecado es esa, una soledad e incertidumbre.
            Es precisamente en esta tempestad donde Jesús viene a rescatarnos, a rescatarme. Así como camino por las aguas y dijo: ¡No temas, soy Yo! Así mi corazón ha experimentado esas ocasiones. No es que lo que yo deseaba se acabara ni se apagara es simplemente que estaba oscurecido por el pecado; pero esa luz sigue brillando en el interior de mi corazón, el llamado sigue ahí, ese deseo, ese amor no deja de iluminar.

            Y esto lo digo también por aquellos matrimonios que creen que ese amor ha terminado, que dicen que ya no existe nada de ese amor que tenían de novios. El pecado, o el egoísmo de uno o de ambos ha ido oscureciendo esa luz que está en el interior de su matrimonio, pero en la medida en que vayan dejando un lado sus propios deseos, ese egoísmo de buscar solo beneficio para mí, y vuelvan a recordar, llegaran a reencontrar esa luz. Es Jesús el que hace capaz de limpiar ese vidrio, de sanar y volver a recuperar ese primer amor. No tengan miedo de buscar a Jesús en esta tempestad, este momento donde parece que todo es oscuro, donde parece que nada tiene sentido, donde parece que nada podrá salvarnos. El pecado sí tiene consecuencias, y la consecuencia mayor es hacernos creer que el amor de Dios y le felicidad ya no tienen cabida en nuestra vida. ¡No caigamos nunca en esta tentación! Dios mismo nos espera con los brazos abiertos, listo y presto para limpiarnos y devolvernos la alegría perdida por el pecado. 

Él es mi razón de vivir

Él es mi razón de vivir

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